Dispuesta
en su soledad a no darse por vencida y con la firme seguridad de salir
adelante, la mirada de Luz, es la prueba viviente de que hacerse las pruebas de
Papanicolaou para la detección en sus etapas iniciales del cáncer cérvico uterino,
es la mejor forma de enfrentar a tiempo esta enfermedad y salvar su vida.
Su
caso es real. Es una madre soltera que sostiene sola a sus hijos y que acaba de
enfrentarse al cáncer sin decirle nada a su familia, ni a sus amigos y prácticamente
sin dejar de trabajar mientras luchaba con la enfermedad y se daba ánimos a sí
misma, porque su única opción ante el diagnóstico era no deprimirse para salir
adelante y sacar fuerzas de su cuerpo delgadito.
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Forma
parte de ese ejército de héroes anónimos que enfrentan los problemas de la vida
sin por eso dejar de ser seres humanos buenos, responsables, trabajadores y
honestos. Aunque es tímida y prefiere el anonimato, accede a compartir esta
parte de su historia porque es con lo que modestamente puede contribuir para que
más mujeres sepan lo necesario que es hacerse exámenes médicos regularmente para
descartar posibles enfermedades o que se les detecte cualquier problema de
salud para empezar a tiempo tratamientos que les funcionen y puedan salvar su
vida.
Bajita
y de ojos tremendamente expresivos, la protagonista de esta historia nació al
seno de una familia de campesinos muy humildes que, como muchos emigró a esta
ciudad a trabajar. Junto con sus hermanos sólo pudo estudiar hasta la
secundaria. Cuando tenía más de 20 años se unió en un matrimonio del que tuvo 3
hijos, que hoy son unos adolescentes que le dan motivo a su vida.
En
su matrimonio padeció violencia intrafamiliar y soportó la situación hasta hace
9 años que finalmente se divorció.
Tras
su divorcio comenzó a trabajar como empleada y a pesar de que no tener experiencia
laboral salió a buscar que la contrataran. Ha sido empleada en el ramo de la
gastronomía desde entonces. El padre de sus hijos no los apoya económicamente a
pesar de que uno de ellos sufre una enfermedad crónica que requiere de
tratamiento permanente y cuidados especiales.
-“Pero
no les falta”- dice. Les da “lo que se necesita” y siempre pasa con ellos su
tiempo libre para convivir y mantener una buena relación. Explica que les
asigna algunas de las labores domésticas que bien podría hacer ella, pero lo
hace porque quiere que ellos “vayan aprendiendo a valerse por ellos mismos” y
en eso incluye al hijo que padece epilepsias y que por lo mismo, es el único
que no estudia.
Decidir ser fuerte.
-“Desde
que me separé, me prometí que nadie me iba a volver a maltratar”- dice con
firmeza y eso, confirma, incluye al cáncer.
Había
escuchado la palabra cáncer como algo lejano hasta este año que se enfrentó al
diagnóstico de una de sus formas, que le dijeron estaba entre las “más
fuertes”, pero afortunadamente en etapa temprana. De ella, que se reconoce
sensible y se le nota timidez y nerviosismo a flor de piel, emergió su parte
fuerte y de ahí mantuvo la seguridad de que iba a superar bien la prueba.
La
detección decidió afrontarla en privado para no preocupar ni a su familia ni a
sus amigos y su acompañamiento fueron los consejos, las recomendaciones
profesionales y el buen trato del personal del área de salud, desde el
diagnóstico hasta que afrontó la extirpación mediante una conización quirúrgica
ambulatoria.
La
experiencia ha sido para ella un llamado a cuidarse más, a hacerse sus
revisiones y tomar el medicamento que se le indique.
“Ya
se me dio una oportunidad más, tengo que cuidarme porque seguramente hay alguna
misión más que tengo cumplir”. Y tal vez su misión es compartir su historia
para que otras mujeres, tras leerla, sepan lo importante que es hacerse
habitualmente una revisión ginecológica ya que el cáncer cérvico-uterino es la segunda neoplasia más frecuente entre la
población femenina de América Latina.
La detección y la seguridad de salir bien.
A
través del programa Oportunidades se ha hecho sus revisiones de prevención y
detección de cáncer de forma anual. En un recuento de sus 3 últimas revisiones
recuerda que en la primera se había revisado y sus resultados fueron normales.
En el siguiente periodo acudió, pero no le dieron sus resultados por lo que
supuso todo estaba bien “porque como siempre dice el personal, “si algo sale
mal, ello se comunican”.
Fue
en el chequeo de este año cuando le llamaron para decirle que tenía que acudir
a hacerse otros estudios. En su mente pasó un “a lo mejor se equivocaron”. Así
que acudió. Luego le dijeron que tenía que hacerse otro estudio más a fondo
urgente porque había la posibilidad de que tuviera un pre cáncer. De ahí a que
acudió por el diagnóstico no lo comentó con nadie, pero buscó información en
internet y antes de ir por los resultados se preparó mentalmente para lo peor,
aunque físicamente no se sentía mal ni presentaba ningún síntoma.
Sólo
un poco antes de entrar por el diagnóstico confiesa que sintió “un nudito en la
garganta, pero estaba segura de que no iba a pasar nada”. Se convenció a sí
misma que todo iba a salir. “Tuve que sacar fuerzas y darme ánimo. Normalmente
soy fuerte, pero al mismo tiempo para algunas cosas muy sencillas soy muy
sentimental”.
Confirmado
el diagnóstico la primera recomendación de trabajo social y el médico fue no
deprimirse porque “es lo que hacen muchos con la noticia y eso hace más difícil
todo”. Por decisión propia ellos fueron su único apoyo en el proceso. Le
hablaron de lo importante de cuidar sus defensas, alimentarse sanamente, no
dejar de comer y tomarse el medicamento. “El tratamiento funcionó porque fue a
tiempo, si hubiera dejado pasar 2 meses más habría sido más complicado”, es
parte de lo que le dijeron.
Antes
de eso no tenía antecedentes de enfermedades, más que una gastritis, no fumaba
ni tomaba y sus hábitos de salud habían sido siempre buenos.
Comenzó
el tratamiento pronto. “Yo sé que voy a salir de esto” era en lo que pensaba.
Se mantuvo ocupada hasta que le hicieron la intervención, tras la que podría
tener un poco de molestia o dolor, debía estar tranquila y guardar reposo. No
dejó de alimentarse, aunque se le fuera el apetito. Se tomó el tratamiento “tal
como tocaba” y al siguiente día de la intervención se presentó a trabajar
porque –confiesa- es lo que le ayuda a no pensar en los problemas y sólo se sentía
un poco somnolienta.
Los
resultados más recientes que le dieron indican que “ya está todo bien”, que la
intervención se hizo a tiempo y que sólo le resta seguir haciéndose sus controles
Luz;
como sugiere llamarla para seguir manteniendo en privado la forma en que superó
este proceso sin preocupar ni a familia ni amigos; es otra muestra de que a
diario, en cualquier lugar al que vamos, puede haber alguien que -como ella- se
ha enfrentado a varios problemas y que se da valor para continuar, pero sobre
todo sabe lo importante que es compartir su experiencia para que otros sepan
que el estado de ánimo y ser positivo es importante para superar esta y otras
pruebas.
Algunos datos sobre el cáncer cérvico
uterino.
El cáncer cérvico uterino es
la segunda neoplasia más común en mujeres de América Latina, con 68,818 casos
anuales. La incidencia en la región es de 21.2 casos por 100,000 mujeres.
En México es la segunda causa
de muerte por cáncer en la mujer. De acuerdo a datos oficiales del portal de la
Secretaría de Salud, anualmente se registran unos 13,960 casos, de este tipo de
tumor
que es más frecuente en mujeres mayores de 30 años.
La Organización Mundial de la
Salud considera al cáncer cérvico uterino como una de las amenazas más graves
para la vida de las mujeres.
“Se calcula que actualmente en
el mundo lo padecen más de un millón de mujeres. La mayoría de ellas no han
sido diagnosticadas ni tienen acceso a un tratamiento que podría curarlas o
prolongarles la vida”, por eso lo más importante para prevenirlo es hacerse
pruebas de detección en forma periódica.

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