jueves, 3 de noviembre de 2016

La mirada de Luz


Dispuesta en su soledad a no darse por vencida y con la firme seguridad de salir adelante, la mirada de Luz, es la prueba viviente de que hacerse las pruebas de Papanicolaou para la detección en sus etapas iniciales del cáncer cérvico uterino, es la mejor forma de enfrentar a tiempo esta enfermedad y salvar su vida.
Su caso es real. Es una madre soltera que sostiene sola a sus hijos y que acaba de enfrentarse al cáncer sin decirle nada a su familia, ni a sus amigos y prácticamente sin dejar de trabajar mientras luchaba con la enfermedad y se daba ánimos a sí misma, porque su única opción ante el diagnóstico era no deprimirse para salir adelante y sacar fuerzas de su cuerpo delgadito.


Forma parte de ese ejército de héroes anónimos que enfrentan los problemas de la vida sin por eso dejar de ser seres humanos buenos, responsables, trabajadores y honestos. Aunque es tímida y prefiere el anonimato, accede a compartir esta parte de su historia porque es con lo que modestamente puede contribuir para que más mujeres sepan lo necesario que es hacerse exámenes médicos regularmente para descartar posibles enfermedades o que se les detecte cualquier problema de salud para empezar a tiempo tratamientos que les funcionen y puedan salvar su vida.

Bajita y de ojos tremendamente expresivos, la protagonista de esta historia nació al seno de una familia de campesinos muy humildes que, como muchos emigró a esta ciudad a trabajar. Junto con sus hermanos sólo pudo estudiar hasta la secundaria. Cuando tenía más de 20 años se unió en un matrimonio del que tuvo 3 hijos, que hoy son unos adolescentes que le dan motivo a su vida.

En su matrimonio padeció violencia intrafamiliar y soportó la situación hasta hace 9 años que finalmente se divorció.

Tras su divorcio comenzó a trabajar como empleada y a pesar de que no tener experiencia laboral salió a buscar que la contrataran. Ha sido empleada en el ramo de la gastronomía desde entonces. El padre de sus hijos no los apoya económicamente a pesar de que uno de ellos sufre una enfermedad crónica que requiere de tratamiento permanente y cuidados especiales.

-“Pero no les falta”- dice. Les da “lo que se necesita” y siempre pasa con ellos su tiempo libre para convivir y mantener una buena relación. Explica que les asigna algunas de las labores domésticas que bien podría hacer ella, pero lo hace porque quiere que ellos “vayan aprendiendo a valerse por ellos mismos” y en eso incluye al hijo que padece epilepsias y que por lo mismo, es el único que no estudia.

Decidir ser fuerte.

-“Desde que me separé, me prometí que nadie me iba a volver a maltratar”- dice con firmeza y eso, confirma, incluye al cáncer.

Había escuchado la palabra cáncer como algo lejano hasta este año que se enfrentó al diagnóstico de una de sus formas, que le dijeron estaba entre las “más fuertes”, pero afortunadamente en etapa temprana. De ella, que se reconoce sensible y se le nota timidez y nerviosismo a flor de piel, emergió su parte fuerte y de ahí mantuvo la seguridad de que iba a superar bien la prueba.

La detección decidió afrontarla en privado para no preocupar ni a su familia ni a sus amigos y su acompañamiento fueron los consejos, las recomendaciones profesionales y el buen trato del personal del área de salud, desde el diagnóstico hasta que afrontó la extirpación mediante una conización quirúrgica ambulatoria.
La experiencia ha sido para ella un llamado a cuidarse más, a hacerse sus revisiones y tomar el medicamento que se le indique. 

“Ya se me dio una oportunidad más, tengo que cuidarme porque seguramente hay alguna misión más que tengo cumplir”. Y tal vez su misión es compartir su historia para que otras mujeres, tras leerla, sepan lo importante que es hacerse habitualmente una revisión ginecológica ya que el cáncer cérvico-uterino es la segunda neoplasia más frecuente entre la población femenina de América Latina.

La detección y la seguridad de salir bien.

A través del programa Oportunidades se ha hecho sus revisiones de prevención y detección de cáncer de forma anual. En un recuento de sus 3 últimas revisiones recuerda que en la primera se había revisado y sus resultados fueron normales. En el siguiente periodo acudió, pero no le dieron sus resultados por lo que supuso todo estaba bien “porque como siempre dice el personal, “si algo sale mal, ello se comunican”.

Fue en el chequeo de este año cuando le llamaron para decirle que tenía que acudir a hacerse otros estudios. En su mente pasó un “a lo mejor se equivocaron”. Así que acudió. Luego le dijeron que tenía que hacerse otro estudio más a fondo urgente porque había la posibilidad de que tuviera un pre cáncer. De ahí a que acudió por el diagnóstico no lo comentó con nadie, pero buscó información en internet y antes de ir por los resultados se preparó mentalmente para lo peor, aunque físicamente no se sentía mal ni presentaba ningún síntoma.

Sólo un poco antes de entrar por el diagnóstico confiesa que sintió “un nudito en la garganta, pero estaba segura de que no iba a pasar nada”. Se convenció a sí misma que todo iba a salir. “Tuve que sacar fuerzas y darme ánimo. Normalmente soy fuerte, pero al mismo tiempo para algunas cosas muy sencillas soy muy sentimental”.
Confirmado el diagnóstico la primera recomendación de trabajo social y el médico fue no deprimirse porque “es lo que hacen muchos con la noticia y eso hace más difícil todo”. Por decisión propia ellos fueron su único apoyo en el proceso. Le hablaron de lo importante de cuidar sus defensas, alimentarse sanamente, no dejar de comer y tomarse el medicamento. “El tratamiento funcionó porque fue a tiempo, si hubiera dejado pasar 2 meses más habría sido más complicado”, es parte de lo que le dijeron.


Antes de eso no tenía antecedentes de enfermedades, más que una gastritis, no fumaba ni tomaba y sus hábitos de salud habían sido siempre buenos.

Comenzó el tratamiento pronto. “Yo sé que voy a salir de esto” era en lo que pensaba. Se mantuvo ocupada hasta que le hicieron la intervención, tras la que podría tener un poco de molestia o dolor, debía estar tranquila y guardar reposo. No dejó de alimentarse, aunque se le fuera el apetito. Se tomó el tratamiento “tal como tocaba” y al siguiente día de la intervención se presentó a trabajar porque –confiesa- es lo que le ayuda a no pensar en los problemas y sólo se sentía un poco somnolienta.

Los resultados más recientes que le dieron indican que “ya está todo bien”, que la intervención se hizo a tiempo y que sólo le resta seguir haciéndose sus controles

Luz; como sugiere llamarla para seguir manteniendo en privado la forma en que superó este proceso sin preocupar ni a familia ni amigos; es otra muestra de que a diario, en cualquier lugar al que vamos, puede haber alguien que -como ella- se ha enfrentado a varios problemas y que se da valor para continuar, pero sobre todo sabe lo importante que es compartir su experiencia para que otros sepan que el estado de ánimo y ser positivo es importante para superar esta y otras pruebas.

Algunos datos sobre el cáncer cérvico uterino.

El cáncer cérvico uterino es la segunda neoplasia más común en mujeres de América Latina, con 68,818 casos anuales. La incidencia en la región es de 21.2 casos por 100,000 mujeres.

En México es la segunda causa de muerte por cáncer en la mujer. De acuerdo a datos oficiales del portal de la Secretaría de Salud, anualmente se registran unos 13,960 casos, de este tipo de tumor que es más frecuente en mujeres mayores de 30 años.

La Organización Mundial de la Salud considera al cáncer cérvico uterino como una de las amenazas más graves para la vida de las mujeres.

“Se calcula que actualmente en el mundo lo padecen más de un millón de mujeres. La mayoría de ellas no han sido diagnosticadas ni tienen acceso a un tratamiento que podría curarlas o prolongarles la vida”, por eso lo más importante para prevenirlo es hacerse pruebas de detección en forma periódica.


El gestor de la planeación urbana de San Jeronomito en Petatlán.

Héroes cotidianos.

El gestor visionario.


Como muchos de los héroes anónimos, Don Manuel Romero Pérez pensaba que las acciones y obras buenas, no tenían porque ser reconocidas públicamente ni agradecidas, pues simplemente se deben hacer pensando en los demás y dejando algo para el bien común a nuestro paso, sin esperar nada cambio, si no para dejar cosas buenas que beneficien a toda la gente y en consecuencia a la propia familia.

Hoy sabemos que practicar los buenos valores es lo que puede potenciarnos como personas y cómo sociedad y que es necesario alentar a quienes con esfuerzo logran llevar una vida ejemplar para que otros sepan que sí se puede vivir con dignidad, responsabilidad, respeto, generosidad, honestidad y solidaridad a pesar de las dificultades. Tal y cómo lo hizo Don Manuel.

Don Manuel cuyo registro de nacido data del 30 de abril de 1918, fue de cuna pobre y gente de campo. Quedó huérfano de padre alrededor de los 8 años y asumió la responsabilidad de la familia por ser el hijo mayor. No fue a la escuela, pero ya como adulto, encabezó en mucho las gestiones para reubicar a su poblado, San Jeronimito cuyo actual trazado ordenado lo distingue del resto de los pueblos de la región, sobre todo si se considera que la primera sección data de 1953.

  
Él se involucró en aquellos años en insistir para lograr el trazado y reubicación de la primera sección, la introducción del servicio de agua entubada, de la electricidad, del terreno que ocupa el panteón y de la escuela. Fácil no fue gestionar, sobre todo por la saña que custodia la humana naturaleza de la duda, pero a pesar de eso, aún hasta el 12 de mayo de 2010 que falleció sostuvo que “siempre hay que pensar en los demás y en el bienestar de todos”.

Aún circula entre los habitantes las hojas que redactó con sus memorias sobre la historia de San Jeronimito y cuya copia distribuyó a Domingo Hernández, amigos y familiares para que cuando los estudiantes fueran a pedir información sobre la fundación del poblado, siempre hubiera forma de atenderlos en caso de que él no estuviera en su casa y es que hasta hoy es un referente de este pueblo perteneciente al municipio de Petatlán.

Su hijo Manuel, su nuera Ada y todos los que lo conocieron personalmente atajan con amabilidad, y sobre todo un profundo respeto, que a Don Manuel nunca le gustó el reconocimiento y remiten a la anécdota en la que declinó el homenaje que por sus 50 años le quisieron hacer aun estando vivo pues aseguraba que hacer el bien y buscar el progreso del pueblo no era nada extraordinario sino algo normal y que “uno debe trabajar y ver, no por uno, sino por los demás”, sin esperar jamás el agradecimiento, porque “el cariño más grande que se puede lograr es el respeto”. Y para enfatizar el respeto que levantó su postura porque era hombre sencillo, cuentan que en su momento no aceptó tomar la propuesta para ser presidente municipal de Petatlán y que también renunció a ser primer regidor, negándose inclusive a cobrar porque decía que “para trabajar por el pueblo” no era necesario asumir cargos de “tanta responsabilidad”.

Cuando se les pregunta a los familiares si acceden a sacar un poco del anonimato la historia de Don Manuel para animar a otros a seguir su ejemplo, con cautela y respetuosos de aquella postura de él, sugieren se haga “lo que se considere más conveniente”. Basta releer en esas memorias que el fin de relatar cómo se hicieron las obras de San Jeronimito es para que se sepa que “tanto el forastero como el avecindado a nosotros, tiene los mismos derechos de disfrutar de las mismas cualidades y beneficios, sin distinción alguna” porque todas fueron “hechas de común acuerdo por las personas con buena voluntad de cooperar”. Y ahí va implícita otra enseñanza que nos comparte para la actual época ese Manuel Romero formado por la sabiduría de la experiencia: vivir en un lugar mejor es un derecho que debe beneficiar a todos.

A este valor, había que sumarle la cualidad de tener visión de futuro. Lo que Don Manuel gestionó entre 1950 y 1990, en este siglo XXI forman parte de los objetivos para el desarrollo sostenible de la ONU: Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos y garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible para todos.

Un gestor nato

¿Y cómo hacer gestiones en un 1950 sin internet, sin fax, sin vuelos directos a la ciudad de México, sin autopistas para acortar distancia a la capital del estado y sin haber estudiado? El ingenio, la observación, la necesidad, las ganas de ver crecer el pueblo, la habilidad de tener visión a futuro y las circunstancias fueron los recursos usados por un Manuel Romero Pérez que aprendió en menos de 3 meses a leer y a escribir lo básico cuando rondaba los 18 años, pues para casarlo, el cura le dijo que al menos debía saber “poner su nombre”.

Persistente –otro valor digno de promoverse- “El chulo”, como cariñosa y respetuosamente le decían sus nietos, le pidió a su cuñado que le enseñara letras “a veces sobre la tierra y con una varita”. No tuvo otro maestro. La inteligencia admirable y el don natural de autodidacta lo inspiraron siempre para salirse a leer y buscar por su cuenta el significado de cualquier palabra nueva que escuchaba y con eso alimentó su ingenio para idear la manera de arreglar y resolver todo por anticipado, en su casa y el pueblo.

Sin estudios, el halo de entendimiento natural y el don para ayudar el Manuel Romero “criollito de San Jeronimito”, vivió la devastación del 14 de septiembre de 1952, cuando el río inundó todo y dejó en ruinas el poblado. Encabezados por el sacerdote Gregorio M. Bello, personal del gobierno estatal y de la Secretaría de la Reforma Agraria llegaron a reunirse bajo la sombra de “una sierva bastante grande que estaba en la plaza” cerca de donde vivía un Manuel que ya “estaba dispuesto a tumbar su casa porque no se la iba a tirar ninguna creciente”, y que decidió mudarse hacia la parte más alta y segura, que es donde hoy está el poblado, sin pensar en que al decir eso terminaría encabezando la reubicación hacia un nuevo desarrollo poblacional planificado por un ingeniero.

Se integró entonces una comisión, pero al ver que quién la encabezaba ya no quería salirse, Don Manuel; el comisario municipal, Simón Rodríguez y el comisario ejidal, Simón García fueron por el ingeniero Carlos Lira, comisionado para trazar la reubicación ante la cual había renuencia hasta el día en que personalmente se puso a construirle la casa a su madre, Antonia Pérez, viuda de Romero. Acto que animó al resto a mudarse. Para 1953, cada espacio estaba trazado y destinado a un desarrollo planificado, a pesar de que en el inter hubo reticencias, diferencias y reconciliaciones en las que el respeto que la gente tenía por Don Manuel era el referente para respaldarlo y la base de la confianza para hacerle saber cualquier problema.

Al trazado siguió la gestión para que se introdujera el servicio de agua, como consta en el archivo que dejó para sus nietos en un folder con letras verdes, se hizo por etapas: en la primera organizó a los pobladores para cooperarse para construir la noria y se  complementó con recursos aportados para un tinaco por el entonces gobernador, Gómez Maganda; en la segunda se introdujo la tubería de fierro galvanizado y de cemento que los pobladores acarrearon en carretas e introdujeron “a pico y pala” de acuerdo a lo trazado cooperando con  recursos, herramienta y los más desfavorecidos lo hicieron con más días de trabajo que el resto, debido a la precariedad de la región “porqué él sabía la situación de cada quién y le decía, pues tú tienes tantos hijos, no te fue bien con el ajonjolí, yo creo que tú puedes dar 20 pesos y tú que apenas vendiste vacas y tus hijos ya te ayudan podrías dar 70 pesos y tu mejor ayuda con 3 días.

Críticas hubo, pero animado por Fermina Leyva Chavarría, Elfega Chávez Olace, Francisco Ríos Miranda así como por Telésforo y Rosendo Ríos Gómez, se le ocurrió para la tercera etapa -la más costosa- armar un comité de mujeres que solicitara el apoyo de  la primera dama, Guadalupe Borja de Díaz Ordaz, quien  envió el material. Se construyeron cajas colectoras con llaves de paso que se cerraban cuando se llenaban para ir abasteciendo el agua por zonas. Debido a la pobreza y a que el agua era una necesidad de todos, puso hidrantes en las esquinas de calles así, quién podía daba 2 o 3 pesos, recuerdan algunos habitantes. Vislumbrando el crecimiento poblacional, y animado por algunos, solicitó el diseño y la cotización para programar el crecimiento y abastecer la parte norte, pero en efecto, los costos eran elevados.

Fue el encargado durante 32 años del comité de agua. Manuel, su hijo recuerda que trabajaban casi todo el día en el campo y tendiendo gente que acudía a pagar a cualquier hora y cuando se descomponía la bomba era capaz de vender su ganado para repararla o comprar otra bomba para tenerla de repuesto y no interrumpir el servicio en caso de que se tardaran en arreglarla o no hubiera suficientes recursos en caja pues el objetivo era que todas las familias tuvieran siempre agua recuerda su nuera y su hijo.

“Él quería soltar la junta de agua, pero su idea era que asumiera la administración el gobierno estatal para que se comprometiera con seguir las obras”, recuerda Manuel y dice que ante la desconfianza respecto a los recursos acudieron un buen día auditores del gobierno a revisar los recibos y cómo resultado detectaron que había un saldo a favor y en realidad les debía la junta a ellos. A la fecha guardan como evidencia el cheque viejo del adeudo de la junta de agua, porque se negaron a cobrarlo.

A veces recuerdan que no podían salir de paseo al cine porque había gente que iba a pagar ”ya tarde” y se tenía la orden en casa de Don Manuel de atender a todas horas,  a quien fuera. Cuando entregó la junta “por fin descansamos”, recuerda su hijo quién dice que la satisfacción de su padre era que todos tuvieran agua y no hubiera necesidad de acarrea desde grandes distancias. Iban cuando podía, las señoras pasaban lo mismo cuando venían de misa o iban al mercado.

A esto seguiría la gestión de la electricidad, que era necesaria para bombear agua, pues inicialmente tenían una bomba de disel que él sugirió colocar hacia la orilla, de modo que los cerros pudieran protegerla, restar el golpe de corriente ante una creciente.

Para la electrificación, según consta en su muy ordenado archivo hecho a máquina, los habitantes se cooperaron aportando un 25 % para concretar la obra, otra parte la pondría la comisión y otra el estado. La orden cuando se reunió el recurso fue hacer 10 bajadas por día empezando con la casa de un señor Manuel que cuestionó porqué traían los ingenieros esa deferencia, y pidió que se iniciaran con todos parejos

Luego vino la gestión pro construcción de la escuela de San Jeronimito donde algunos cooperaron recursos y otros días de trabajo para hacer los cimientos y los baños –aunque sea sin drenaje- para los niños, hasta terminar las primeras 6 aulas, las oficinas, el amueblado con bancas y los pizarrones que entonces ocupaban gises.

Después donó el terreno para el panteón ese que le preocupaba ya entrados sus noventa años que se saturara porque el pueblo estaba creciendo y necesitaba otro lugar para que la gente sepultara a sus seres queridos.

Cuando fue presidente de Las salinas –nombrado incluso en su ausencia- consiguió un crédito para comprar el terreno del centro de acopio y en año fue saldado el adeudo entre todos los de la cooperativa lo que les dejó línea de crédito abierta y buena reputación a pesar de que había sido un año de crisis económica.

Despertar el ánimo en otros.

Para 1983, Alonso Ríos de los Santos, Bernardo Ríos Gómez e Inés Ríos Hernández encabezaron la organización de la cooperación de la gente del pueblo para lograr construir la banqueta de la plaza principal y Don Manuel los apoyó.

En 1982, se gestionó ante el ayuntamiento la construcción del mercado y en 1987 se pavimentó la calle principal ya por conducto de otros gestores espontáneos del poblado, solicitando ya para estos años el apoyo del personal del Batallón del Ejército para hacer el trabajo de albañiles que en otros tiempos los pobladores originales hacían por su cuenta organizados por Romero Pérez, lo que remite a haber logrado la meta de despertar en otros el interés de buscar que hubiese desarrollo urbanístico en esa comunidad.

Entre 1984 y 1986 con ayuda de la presidencia municipal se hizo el kiosco, las canchas y el teatro al aire libre así como los andadores del jardín principal que hoy conocemos.

Entre 1997 y 1999 se hizo la remodelación de la plaza, el alumbrado, canchas nuevas y se mejoró la jardinería de este lugar que Don Manuel se asomaba a ver desde su casa pensando aún como mejorarlo a sus 93 años que Dios le permitió vivir.

Honradez y vocación de servicio.

La población tuvo a don Manuel como referente de honradez así que ahí en su casa depositaban las jóvenes casaderas. Era solicitado para acompañar a pedir la mano por la confianza y el respeto.

Cuenta su nuera que, ya grande Don Manuel, no faltaba quien acudiera a pedirle prestado y era capaz de pedir él para resolverles. Todo lo logrado –cuenta su hijo- fue “a punta de trabajo porque siempre fuimos junto con él pobres, pero él era capaz de quitarse la camisa para dársela a otros porque tuvo un don natural para ver por la gente y lo que hizo, fue a puro pulmón, porque antes sí se podía”.

También lo recuerdan como defensor de sus derechos, valiente y “de las personas que no se callaban” pues en alguna ocasión hubo una junta contra la situación del agua convocada por un presidente sin que lo invitaran, pero él por casualidad vio movimiento y se acercó. El funcionario –cuenta su familia- advirtió que si no se retiraba Don Manuel, él se iría y que la respuesta fue que lo sentía porque se iba a ir pues de cualquier forma hablaría para expresar su versión. Ahí -relatan- acabó la reunión.

Visionario

Cuando comenzó a anunciarse que se desarrollaría Ixtapa puso un rancho en Los Achotes porque decía que se iba a necesitar abastecer la demanda de alimentos frescos y “y antes lo que se sembraba se daba”.

Un día su nuera le dijo que iba a dejar de hacer quesos, que ya estaba cansada y por esas fechas las ventas no eran iguales. Recuerda que Don Manuel la disuadió diciéndole que no viera sólo por ella y su cansancio, sino por toda la gente, ya que al dejar de producir dejaría sin sustento a otras 3 familias, la de sus dos ayudantes, al que vendía o revendía, a la de la persona a la que le regalaba el suero. Antes bien –le aconsejó- se debe pensar que cuando uno tiene trabajo tiene la posibilidad de ayudar a otros.

Atenta a sus cuidados hasta el último día, comparte que aunque ya no podía caminar, regresaba a ver la plaza principal del pueblo y le decía que, debajo del tinaco deberían hacerse unos baños para los que acudían cuando se hacían eventos o llegaban los juegos mecánicos y que se podía poner una persona encargada de asear y cobrar, de modo que se generaran ingresos para otra familia y se beneficiara también el pueblo.

La instaba a que buscara gente para conseguir un terreno para el panteón porque ya no iba a ser suficiente “y decía que si él tuviera otro terreno lo donaría porque él era de ese corazón. Yo le decía que no se preocupar que él ya había dado y hecho, que la gente no agradece. Él contestaba que nunca se hacían las cosas para eso, sino pensando lo que en el futuro va a ser mejor para la gente y para su familia”.

Aunque visionario, atajan que no fue político, porque nunca anduvo dedicando tiempo a campañas “porque siempre andaba trabajando”, pero que cuando alguno le pedía el voto “empeñaba su palabra y si otro iba, les decía que y le habían pedido su apoyo”. Lo mismo hablaba para pedir que no le faltara el respeto a las muchachas o a los mayores que para sugerirle a un ingeniero foráneo hacer las obras de una forma distinta por la experiencia acumulada de conocer el lugar.

El gestor como ser humano, como padre y abuelo.

En su rol de gestor hubo gente que no lo apoyaba, pero los saludaba y les hablaba igual, por eso era más la gente que lo seguía y apoyaba. “¿Qué se me quita con hablarle”, decía tanto él como su esposa, quienes juntos se hicieron responsables de educar a sus hijos, 2 mujeres y 2 varones.

En plan de padre, lo recuerdan como un ser cariñoso, pero estricto. Le dio estudios como contador a uno de ellos y, al otro que prefirió casarse le buscó trabajo de peón con uno de sus compadres a quién le pidió que lo apretara porque tenía que mantener el hogar que había decidido formar.

Para ellos, manifiestan que fue un honor tener buenos padres, respetados por la gente. Dicen que les enseñó a convivir tranquilos de modo que no se requirió testamento para dividir la casa cuyo patio comparten y alrededor del cual están las casas de todos.
De platica amena, recuerdan que quiso mucho a los 8 nietos y les preguntaba a sus 4 hijos que vivían qué si le daban permiso de corregirlos cuando hacían travesuras, para “enderezarlos y se fueran derechitos”.

Falleció platicando en brazos de su nuera, mientras tomaba gattorade. Ya no caminaba por la edad, y por la falta de movimiento lo nebulizaban, pero fuera de eso no tuvo mayores enfermedades.

Enseñó a ser trabajadores. Aun cuando niños los levantaba a las 6 de la mañana para que estuvieran listos “para cualquier mandado” y no levantarlos ya cuando urgía. Él se paraba desde las 4 de la mañana a las cuestiones del campo y para ver su ganado, pues otro detalle es que en algún tiempo fue presidente de la ganadera.

Mientras la gente del poblado lo recuerda como un señor que siempre saludaba y tenía una plática amena, sus hijos lo recuerdan más como el hombre trabajador que al llegar al campo se cambiaba y se ponía a trabajar “como cualquier peón” al grado que un día, llegaron a comprar y preguntaron por el dueño del rancho que hizo en Los Achotes y cuando los trabajadores le señalaron que era el que estaba haciendo un pozo, contaba que se sorprendió.

Un día, recuerdan que compró una hamaca y la puso en el rancho “para cuando quisiera descansar”. La hamaca –dicen- terminó enmohecida porque no paraba nunca.

El señor “de buen diente” que gustaba de comer bien y mucha fruta, tuvo tres intervenciones solamente: por la vesícula que le retiraron, las cataratas y la próstata de la cual fue solo a que lo checaran y se internó en esa misma revisión para que lo operaran y, aunque le ordenaron reposo, al regresar a casa, a los 8 días de la cirugía fueron a verlo a potrero y lo encontraron arriba de un caballo y su justificación es que se le había olvidado la recomendación. “Lo bueno es que no volvió a tener nunca molestias”, recuerdan para remarcar su consistencia “pues no fue enfermizo, no tuvo presión, no sufrió de diabetes ni de artritis ni de problemas de colesterol”.

Animaba a sus hijos a hacerse tiempo para divertirse, a ahorrar y a ser honrados. Manuel, en representación de ellos dice que fueron “millonarios de crianza, pues el orgullo más grande fue haber tenido padres buenos.

Dejó en su familia una cultura de trabajo y, como héroe anónimo el mensaje esperanzador a quienes de pronto los desanima la actitud de la gente para hacer cosas por el bienestar común, a fin de que ese ánimo de solidaridad prevalezca por encima de las críticas.




El San Jeronimito de antes, en palabras de Don Manuel.

 “La vida de esas familias fue de un futuro pesado”. El trabajo de la esposa era en primer lugar poner el niscome desde la madrugada para hacerle el bastimento al esposo antes de que se fuera diario a trabajar. A ellas les tocaba acarrear agua del río, lavar la ropa y a veces ir por leña. Alisaban el piso y las paredes porque las casas eran de bajareque.
La gente no andaba con alhajas y los perfumes se hacían de cocer aceite de coco con flores de limón para ponérselo en el pelo cuando iban a los bailes.

“Cuando una muchacha se mandaba pedir se le ponía un plazo para resolver el asunto de 3 a 4 meses y la novia debía permanecer sin salirse durante todo el tiempo para casarse y el novio tampoco iba a la casa de la novia” aunque ya estuviera pedida.
“Las muchachas cuando se casaban ya sabían lavar ropa, bordar servilletas, sabían poner el niscome, guisar, componer una gallina porque eso se los enseñaba su mamá con anticipación”.

“Los bailes se hacían en el día”. Antes del nuevo San Jeronimito “la luz que había era de ocote”. Los músicos de los bailes eran Miguel Meza, violinista; Miguel Guido Mendoza, guitarrista; Gabriel Girón González; con el tololoche y Julio Girón González con un violonchelo eran la orquesta. Borrachos no había, sólo unos cuantos, contados”, se lee en las memorias de este fundador del poblado, conocido ahora popularmente por las carnes asadas de su mercado municipal.


(Tomado respetuosamente de las Memorias de Manuel Romero Pérez.)

sábado, 29 de octubre de 2016

El buscador de desaparecidos en Guerrero

Estelita es la madre de un luchador social que apoyó a cientos de personas de Guerrero en la búsqueda de sus familiares desaparecidos. Cómo muchos otros ciudadanos de la región, ella es una mujer buena y un héroe anónimo porque cada mañana se levanta a continuar la vida y atender a su familia para canalizar el dolor de haber perdido a su hijo, Miguel Ángel Jiménez Blanco, el activista social que motivó y alentó la formación del Comité de Víctimas de Desaparición Forzada “Los otros desaparecidos”. 

Miguel Ángel Jiménez se unió al comité de búsqueda de los 43 estudiantes de Iguala desaparecidos el 26 de septiembre de 2014, y debido a su habilidad nata para el liderazgo, varias personas se le acercaron para decirle que también tenían familiares desaparecidos y los motivó a insistir para hallar a sus seres queridos y canalizar su miedo, su dolor y su incertidumbre. Con empatía los orientaba para luchar por encontrarlos sin buscar culpables, tal como ellos mismos recordaron en el homenaje que le hicieron en el primer aniversario luctuoso el pasado 9 de agosto.

A la familia de Miguel Ángel no le gustaban sus ausencias, pero toleraban sus ideales que coinciden con el mensaje de las Naciones Unidas, en el marco del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, en el sentido de que los amigos y familiares que buscan angustiados cualquier indicio para hallar a quienes han sido desaparecidos merecen la total solidaridad para “hacer efectivo su derecho a la verdad y la justicia” así como a saber la suerte o el paradero de sus seres queridos.

La desaparición forzada es un problema social internacional y el estado de Guerrero tiene en su historia huellas marcadas de esta expresión de violencia e inseguridad del que no sólo son víctimas los detenidos desaparecidos, sino también sus familiares y amigos, así como todas las personas allegadas a los desaparecidos o aquellas que participan en su búsqueda y que, derivado de eso, sufren algún tipo de maltrato, intimidación, amenazas o represalias tal como ayer señalaba la Organización de las Naciones Unidas en sus comunicados oficiales.

Miguel fue el segundo hijo de una familia de 8 hijos radicada en Xaltianguis, y compartió la visión de solidaridad integrándose hace ya casi 2 años a los grupos de búsqueda en Iguala y Cocula sin tener personalmente ningún familiar desaparecido. 

Creía en ese derecho a la verdad y a hallar los cuerpos, aún antes de ser amenazado por su activismo y lo creyó hasta aquel triste 9 de agosto de 2015 en que le quitaron violenta y anónimamente la vida. Por eso su familia, que permanece unida y se sobrepone a la pérdida, son miembros del ejército de héroes cotidianos que hay en esta región de la Costa Grande porque pese a los sentimientos de dolor e indignación, trabajan honestamente y son personas de bien.

A Miguel, los Jiménez Blanco lo recuerdan como el hermano vivaz y simpático desde pequeño. Dado a defender los derechos de todos, de abogar o interceder por cualquier compañerito de la escuela o por sus mismos hermanos. Era “hocicón desde chiquito porque no se callaba para decir lo que pensaba”, recuerda su hermana Minerva, quien radica de forma pacífica aquí en la Costa Grande desde hace años trabajando en la orientación de grupos de jóvenes.

En el proceso de superación de su pérdida, ahora han empezado a recordarlo más como el hermano con un enorme talento para dirigir y organizar constantemente a los ocho hermanos ya fuera dándoles comisiones para limpiar toda la casa y zafarse él de esos quehaceres o lo mismo para montar todos juntos funciones de cine en su comunidad natal, Xaltianguis, así como presentar públicamente divertidos shows en los que imitaban a artistas de moda allá por los 80´s y hacer bailes.

En cada nivel escolar que cursó Miguel, fue siempre de la escolta y como era dado a liderar y persuadir, hacia actividades sociales “era capaz de organizar a todo el pueblo y hacer que prestaran la secundaria para hacer funciones de cine y revivir al pueblo haciendo bailes en el centro social al que iban cada fin de semana los jóvenes del lugar vestidos como artistas”, cuenta su hermana quien recuerda que muchas veces les decía que lo que él quería era ver a la comunidad más civilizada y que la gente del pueblo “tuviera en qué ocuparse, porque la gente que no tiene actividad tiende a hacer tarugadas y la gente ocupada, es ociosa y hace cosas malas”.

 A sus veintitantos organizaba torneos deportivos y hasta fue impulsor en su pueblo natal de las campañas del INEA “al grado de que les llenó el cupo, no se daban abasto y tuvieron que conseguir más gente para alfabetizar”, se acuerda su hermana entre risas.

Miguel trabajó por 4 años en Estados Unidos en donde se casó con una argentina con nacionalidad americana. Al regresar se involucró a favor de la reforestación del Cerro Pelón de Xaltianguis porque el río se estaba perdiendo y era uno de los pocos lugares de diversión en la comunidad por los 90’s. 

Un buen día, sin ni tener voz ni voto, fue a la comisaría de Xaltianguis a hacer su propuesta de que la gente se autoempleara y mantuviera limpio el pueblo reciclando, así que la casa de los Jiménez se convirtió en el lugar donde los pobladores concentraban toneladas de fierro y PET y cuando alguno de los miembros de esta unida familia le decía que todo eso se veía feo, recuerdan entre risas a un Miguel que respondía que era más importante tener la comunidad limpia. Y entonces todos le daban por su lado y toleraban sus ideas emprendedoras al grado de que durante la última campaña presidencial fue promotor del voto y la casa paterna fue casi convertida en casa de campaña.

Cuando la oleada de violencia en Acapulco –municipio al que pertenece Xaltianguis- empezó a afectar hasta las comunidades pequeñas, le surgió la idea de organizar a los pobladores para protegerse “porque él decía que no le gustaban los abusos, las extorsiones y los secuestros”. 

Se hizo promotor de la Unión de Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (Upoeg) aun cuando su familia no estuvo muy de acuerdo porque les preocupaba el hecho de que en la casa paterna siempre había muchos niños pequeños visitando a sus abuelos y primos. 

Aunque en ese tiempo su familia tomó distancia para con esas actividades de Miguel, él les decía que luchaba para lograr el bien para sus hijos, por amor a ellos, para buscar el bien de los demás, la paz de la comunidad y que vivieran en un lugar con más tranquilidad “porque como agachones nadie logra nada” y “si hay un pueblo unido, no tiene por qué romperse la paz”, recuerdan.

Durante el último año la dirigencia de la UPOEG se dividió y Miguel pidió ser enviado como asesor. Cuando estaba en esa comisión, ocurrió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y lo incorporaron al comité de apoyo para la búsqueda de los jóvenes en Iguala, pues 17 de ellos eran de las comunidades donde tiene presencia esa organización. Fue entonces cuando Miguel escaló y escarbó cerros con sus manos y coordinó a un grupo de gente para localizar terrenos blandos y así fue que hallaron la primera fosa. Entonces varias personas más se fueron acercando a decirles que también tenían tiempo buscando a familiares desparecidos hacía tiempo en la región. 

Junto a ellos formó la asociación de búsqueda de desaparecidos y medios internacionales como Telemundo, CNN y la BBC dieron cobertura a lo que hacía el activista para canalizar el desconsuelo de quienes buscaban algún ser querido desparecido desde hacía años.

El recuerdo que dejó Miguel Ángel en su familia fue el de una persona luchona, con carácter, noble y al que “precisamente porque las cosas sí le valían, era que se ponía de defender los derechos de los demás”, pero piensan que a veces sonaba muy ingenuo porque les decía que sí había gente buena y sí se podía lograr el cambio social. 

Ahora prefieren recordarlo como el hermano o el hijo empalagoso, travieso y de cariños pesados que cargaba a Estelita o a la abuela y les daba de vueltas, les picaba las costillas o les tapaba los ojos. 

Miguel Ángel Jiménez, fue el activista que lideró a familiares de Víctimas de Desapariciones en el Estado en la búsqueda de pistas para hallar a sus seres queridos. (Foto: Fam. Jiménez)