Héroes cotidianos.
El gestor visionario.
Como
muchos de los héroes anónimos, Don Manuel Romero Pérez pensaba que las acciones
y obras buenas, no tenían porque ser reconocidas públicamente ni agradecidas,
pues simplemente se deben hacer pensando en los demás y dejando algo para el
bien común a nuestro paso, sin esperar nada cambio, si no para dejar cosas
buenas que beneficien a toda la gente y en consecuencia a la propia familia.
Hoy
sabemos que practicar los buenos valores es lo que puede potenciarnos como
personas y cómo sociedad y que es necesario alentar a quienes con esfuerzo
logran llevar una vida ejemplar para que otros sepan que sí se puede vivir con
dignidad, responsabilidad, respeto, generosidad, honestidad y solidaridad a
pesar de las dificultades. Tal y cómo lo hizo Don Manuel.
Don
Manuel cuyo registro de nacido data del 30 de abril de 1918, fue de cuna pobre
y gente de campo. Quedó huérfano de padre alrededor de los 8 años y asumió la
responsabilidad de la familia por ser el hijo mayor. No fue a la escuela, pero
ya como adulto, encabezó en mucho las gestiones para reubicar a su poblado, San
Jeronimito cuyo actual trazado ordenado lo distingue del resto de los pueblos
de la región, sobre todo si se considera que la primera sección data de 1953.
Él
se involucró en aquellos años en insistir para lograr el trazado y reubicación
de la primera sección, la introducción del servicio de agua entubada, de la
electricidad, del terreno que ocupa el panteón y de la escuela. Fácil no fue
gestionar, sobre todo por la saña que custodia la humana naturaleza de la duda,
pero a pesar de eso, aún hasta el 12 de mayo de 2010 que falleció sostuvo que “siempre
hay que pensar en los demás y en el bienestar de todos”.
Aún
circula entre los habitantes las hojas que redactó con sus memorias sobre la
historia de San Jeronimito y cuya copia distribuyó a Domingo Hernández, amigos
y familiares para que cuando los estudiantes fueran a pedir información sobre
la fundación del poblado, siempre hubiera forma de atenderlos en caso de que él
no estuviera en su casa y es que hasta hoy es un referente de este pueblo
perteneciente al municipio de Petatlán.
Su
hijo Manuel, su nuera Ada y todos los que lo conocieron personalmente atajan con
amabilidad, y sobre todo un profundo respeto, que a Don Manuel nunca le gustó
el reconocimiento y remiten a la anécdota en la que declinó el homenaje que por
sus 50 años le quisieron hacer aun estando vivo pues aseguraba que hacer el
bien y buscar el progreso del pueblo no era nada extraordinario sino algo
normal y que “uno debe trabajar y ver, no por uno, sino por los demás”, sin
esperar jamás el agradecimiento, porque “el cariño más grande que se puede lograr
es el respeto”. Y para enfatizar el respeto que levantó su postura porque era
hombre sencillo, cuentan que en su momento no aceptó tomar la propuesta para ser
presidente municipal de Petatlán y que también renunció a ser primer regidor,
negándose inclusive a cobrar porque decía que “para trabajar por el pueblo” no
era necesario asumir cargos de “tanta responsabilidad”.
Cuando
se les pregunta a los familiares si acceden a sacar un poco del anonimato la
historia de Don Manuel para animar a otros a seguir su ejemplo, con cautela y
respetuosos de aquella postura de él, sugieren se haga “lo que se considere más
conveniente”. Basta releer en esas memorias que el fin de relatar cómo se
hicieron las obras de San Jeronimito es para que se sepa que “tanto el forastero
como el avecindado a nosotros, tiene los mismos derechos de disfrutar de las
mismas cualidades y beneficios, sin distinción alguna” porque todas fueron “hechas
de común acuerdo por las personas con buena voluntad de cooperar”. Y ahí va
implícita otra enseñanza que nos comparte para la actual época ese Manuel
Romero formado por la sabiduría de la experiencia: vivir en un lugar mejor es
un derecho que debe beneficiar a todos.
A
este valor, había que sumarle la cualidad de tener visión de futuro. Lo que Don
Manuel gestionó entre 1950 y 1990, en este siglo XXI forman parte de los
objetivos para el desarrollo sostenible de la ONU: Lograr que las ciudades y
los asentamientos humanos sean inclusivos y garantizar la disponibilidad de
agua y su gestión sostenible para todos.
Un gestor nato
¿Y
cómo hacer gestiones en un 1950 sin internet, sin fax, sin vuelos directos a la
ciudad de México, sin autopistas para acortar distancia a la capital del estado
y sin haber estudiado? El ingenio, la observación, la necesidad, las ganas de
ver crecer el pueblo, la habilidad de tener visión a futuro y las
circunstancias fueron los recursos usados por un Manuel Romero Pérez que
aprendió en menos de 3 meses a leer y a escribir lo básico cuando rondaba los
18 años, pues para casarlo, el cura le dijo que al menos debía saber “poner su
nombre”.
Persistente
–otro valor digno de promoverse- “El chulo”, como cariñosa y respetuosamente le
decían sus nietos, le pidió a su cuñado que le enseñara letras “a veces sobre
la tierra y con una varita”. No tuvo otro maestro. La inteligencia admirable y
el don natural de autodidacta lo inspiraron siempre para salirse a leer y
buscar por su cuenta el significado de cualquier palabra nueva que escuchaba y
con eso alimentó su ingenio para idear la manera de arreglar y resolver todo
por anticipado, en su casa y el pueblo.
Se
integró entonces una comisión, pero al ver que quién la encabezaba ya no quería
salirse, Don Manuel; el comisario municipal, Simón Rodríguez y el comisario
ejidal, Simón García fueron por el ingeniero Carlos Lira, comisionado para
trazar la reubicación ante la cual había renuencia hasta el día en que
personalmente se puso a construirle la casa a su madre, Antonia Pérez, viuda de
Romero. Acto que animó al resto a mudarse. Para 1953, cada espacio estaba
trazado y destinado a un desarrollo planificado, a pesar de que en el inter
hubo reticencias, diferencias y reconciliaciones en las que el respeto que la
gente tenía por Don Manuel era el referente para respaldarlo y la base de la
confianza para hacerle saber cualquier problema.
Al
trazado siguió la gestión para que se introdujera el servicio de agua, como
consta en el archivo que dejó para sus nietos en un folder con letras verdes, se
hizo por etapas: en la primera organizó a los pobladores para cooperarse para construir
la noria y se complementó con recursos
aportados para un tinaco por el entonces gobernador, Gómez Maganda; en la
segunda se introdujo la tubería de fierro galvanizado y de cemento que los
pobladores acarrearon en carretas e introdujeron “a pico y pala” de acuerdo a
lo trazado cooperando con recursos,
herramienta y los más desfavorecidos lo hicieron con más días de trabajo que el
resto, debido a la precariedad de la región “porqué él sabía la situación de
cada quién y le decía, pues tú tienes tantos hijos, no te fue bien con el
ajonjolí, yo creo que tú puedes dar 20 pesos y tú que apenas vendiste vacas y
tus hijos ya te ayudan podrías dar 70 pesos y tu mejor ayuda con 3 días.
Críticas
hubo, pero animado por Fermina Leyva Chavarría, Elfega Chávez Olace, Francisco
Ríos Miranda así como por Telésforo y Rosendo Ríos Gómez, se le ocurrió para la
tercera etapa -la más costosa- armar un comité de mujeres que solicitara el
apoyo de la primera dama, Guadalupe
Borja de Díaz Ordaz, quien envió el
material. Se construyeron cajas colectoras con llaves de paso que se cerraban
cuando se llenaban para ir abasteciendo el agua por zonas. Debido a la pobreza
y a que el agua era una necesidad de todos, puso hidrantes en las esquinas de
calles así, quién podía daba 2 o 3 pesos, recuerdan algunos habitantes. Vislumbrando
el crecimiento poblacional, y animado por algunos, solicitó el diseño y la
cotización para programar el crecimiento y abastecer la parte norte, pero en
efecto, los costos eran elevados.
Fue
el encargado durante 32 años del comité de agua. Manuel, su hijo recuerda que
trabajaban casi todo el día en el campo y tendiendo gente que acudía a pagar a
cualquier hora y cuando se descomponía la bomba era capaz de vender su ganado
para repararla o comprar otra bomba para tenerla de repuesto y no interrumpir
el servicio en caso de que se tardaran en arreglarla o no hubiera suficientes
recursos en caja pues el objetivo era que todas las familias tuvieran siempre
agua recuerda su nuera y su hijo.
“Él
quería soltar la junta de agua, pero su idea era que asumiera la administración
el gobierno estatal para que se comprometiera con seguir las obras”, recuerda
Manuel y dice que ante la desconfianza respecto a los recursos acudieron un
buen día auditores del gobierno a revisar los recibos y cómo resultado
detectaron que había un saldo a favor y en realidad les debía la junta a ellos.
A la fecha guardan como evidencia el cheque viejo del adeudo de la junta de
agua, porque se negaron a cobrarlo.
A
veces recuerdan que no podían salir de paseo al cine porque había gente que iba
a pagar ”ya tarde” y se tenía la orden en casa de Don Manuel de atender a todas
horas, a quien fuera. Cuando entregó la
junta “por fin descansamos”, recuerda su hijo quién dice que la satisfacción de
su padre era que todos tuvieran agua y no hubiera necesidad de acarrea desde
grandes distancias. Iban cuando podía, las señoras pasaban lo mismo cuando
venían de misa o iban al mercado.
A
esto seguiría la gestión de la electricidad, que era necesaria para bombear
agua, pues inicialmente tenían una bomba de disel que él sugirió colocar hacia
la orilla, de modo que los cerros pudieran protegerla, restar el golpe de
corriente ante una creciente.
Para
la electrificación, según consta en su muy ordenado archivo hecho a máquina,
los habitantes se cooperaron aportando un 25 % para concretar la obra, otra
parte la pondría la comisión y otra el estado. La orden cuando se reunió el
recurso fue hacer 10 bajadas por día empezando con la casa de un señor Manuel
que cuestionó porqué traían los ingenieros esa deferencia, y pidió que se iniciaran
con todos parejos
Luego
vino la gestión pro construcción de la escuela de San Jeronimito donde algunos
cooperaron recursos y otros días de trabajo para hacer los cimientos y los
baños –aunque sea sin drenaje- para los niños, hasta terminar las primeras 6
aulas, las oficinas, el amueblado con bancas y los pizarrones que entonces
ocupaban gises.
Después
donó el terreno para el panteón ese que le preocupaba ya entrados sus noventa
años que se saturara porque el pueblo estaba creciendo y necesitaba otro lugar
para que la gente sepultara a sus seres queridos.
Cuando
fue presidente de Las salinas –nombrado incluso en su ausencia- consiguió un
crédito para comprar el terreno del centro de acopio y en año fue saldado el
adeudo entre todos los de la cooperativa lo que les dejó línea de crédito
abierta y buena reputación a pesar de que había sido un año de crisis
económica.
Despertar el ánimo en otros.
Para
1983, Alonso Ríos de los Santos, Bernardo Ríos Gómez e Inés Ríos Hernández
encabezaron la organización de la cooperación de la gente del pueblo para
lograr construir la banqueta de la plaza principal y Don Manuel los apoyó.
En
1982, se gestionó ante el ayuntamiento la construcción del mercado y en 1987 se
pavimentó la calle principal ya por conducto de otros gestores espontáneos del
poblado, solicitando ya para estos años el apoyo del personal del Batallón del
Ejército para hacer el trabajo de albañiles que en otros tiempos los pobladores
originales hacían por su cuenta organizados por Romero Pérez, lo que remite a
haber logrado la meta de despertar en otros el interés de buscar que hubiese
desarrollo urbanístico en esa comunidad.
Entre
1984 y 1986 con ayuda de la presidencia municipal se hizo el kiosco, las
canchas y el teatro al aire libre así como los andadores del jardín principal
que hoy conocemos.
Entre
1997 y 1999 se hizo la remodelación de la plaza, el alumbrado, canchas nuevas y
se mejoró la jardinería de este lugar que Don Manuel se asomaba a ver desde su
casa pensando aún como mejorarlo a sus 93 años que Dios le permitió vivir.
Honradez y vocación de
servicio.
La
población tuvo a don Manuel como referente de honradez así que ahí en su casa
depositaban las jóvenes casaderas. Era solicitado para acompañar a pedir la
mano por la confianza y el respeto.
Cuenta
su nuera que, ya grande Don Manuel, no faltaba quien acudiera a pedirle
prestado y era capaz de pedir él para resolverles. Todo lo logrado –cuenta su
hijo- fue “a punta de trabajo porque siempre fuimos junto con él pobres, pero
él era capaz de quitarse la camisa para dársela a otros porque tuvo un don
natural para ver por la gente y lo que hizo, fue a puro pulmón, porque antes sí
se podía”.
También
lo recuerdan como defensor de sus derechos, valiente y “de las personas que no
se callaban” pues en alguna ocasión hubo una junta contra la situación del agua
convocada por un presidente sin que lo invitaran, pero él por casualidad vio
movimiento y se acercó. El funcionario –cuenta su familia- advirtió que si no
se retiraba Don Manuel, él se iría y que la respuesta fue que lo sentía porque
se iba a ir pues de cualquier forma hablaría para expresar su versión. Ahí
-relatan- acabó la reunión.
Visionario
Cuando
comenzó a anunciarse que se desarrollaría Ixtapa puso un rancho en Los Achotes
porque decía que se iba a necesitar abastecer la demanda de alimentos frescos y
“y antes lo que se sembraba se daba”.
Un
día su nuera le dijo que iba a dejar de hacer quesos, que ya estaba cansada y
por esas fechas las ventas no eran iguales. Recuerda que Don Manuel la disuadió
diciéndole que no viera sólo por ella y su cansancio, sino por toda la gente,
ya que al dejar de producir dejaría sin sustento a otras 3 familias, la de sus
dos ayudantes, al que vendía o revendía, a la de la persona a la que le
regalaba el suero. Antes bien –le aconsejó- se debe pensar que cuando uno tiene
trabajo tiene la posibilidad de ayudar a otros.
Atenta
a sus cuidados hasta el último día, comparte que aunque ya no podía caminar,
regresaba a ver la plaza principal del pueblo y le decía que, debajo del tinaco
deberían hacerse unos baños para los que acudían cuando se hacían eventos o
llegaban los juegos mecánicos y que se podía poner una persona encargada de
asear y cobrar, de modo que se generaran ingresos para otra familia y se
beneficiara también el pueblo.
La
instaba a que buscara gente para conseguir un terreno para el panteón porque ya
no iba a ser suficiente “y decía que si él tuviera otro terreno lo donaría
porque él era de ese corazón. Yo le decía que no se preocupar que él ya había
dado y hecho, que la gente no agradece. Él contestaba que nunca se hacían las
cosas para eso, sino pensando lo que en el futuro va a ser mejor para la gente
y para su familia”.
Aunque
visionario, atajan que no fue político, porque nunca anduvo dedicando tiempo a
campañas “porque siempre andaba trabajando”, pero que cuando alguno le pedía el
voto “empeñaba su palabra y si otro iba, les decía que y le habían pedido su
apoyo”. Lo mismo hablaba para pedir que no le faltara el respeto a las
muchachas o a los mayores que para sugerirle a un ingeniero foráneo hacer las
obras de una forma distinta por la experiencia acumulada de conocer el lugar.
El gestor como ser
humano, como padre y abuelo.
En
su rol de gestor hubo gente que no lo apoyaba, pero los saludaba y les hablaba
igual, por eso era más la gente que lo seguía y apoyaba. “¿Qué se me quita con
hablarle”, decía tanto él como su esposa, quienes juntos se hicieron
responsables de educar a sus hijos, 2 mujeres y 2 varones.
En
plan de padre, lo recuerdan como un ser cariñoso, pero estricto. Le dio
estudios como contador a uno de ellos y, al otro que prefirió casarse le buscó
trabajo de peón con uno de sus compadres a quién le pidió que lo apretara
porque tenía que mantener el hogar que había decidido formar.
Para
ellos, manifiestan que fue un honor tener buenos padres, respetados por la
gente. Dicen que les enseñó a convivir tranquilos de modo que no se requirió
testamento para dividir la casa cuyo patio comparten y alrededor del cual están
las casas de todos.
De
platica amena, recuerdan que quiso mucho a los 8 nietos y les preguntaba a sus
4 hijos que vivían qué si le daban permiso de corregirlos cuando hacían
travesuras, para “enderezarlos y se fueran derechitos”.
Falleció
platicando en brazos de su nuera, mientras tomaba gattorade. Ya no caminaba por
la edad, y por la falta de movimiento lo nebulizaban, pero fuera de eso no tuvo
mayores enfermedades.
Enseñó
a ser trabajadores. Aun cuando niños los levantaba a las 6 de la mañana para
que estuvieran listos “para cualquier mandado” y no levantarlos ya cuando
urgía. Él se paraba desde las 4 de la mañana a las cuestiones del campo y para
ver su ganado, pues otro detalle es que en algún tiempo fue presidente de la
ganadera.
Mientras
la gente del poblado lo recuerda como un señor que siempre saludaba y tenía una
plática amena, sus hijos lo recuerdan más como el hombre trabajador que al
llegar al campo se cambiaba y se ponía a trabajar “como cualquier peón” al
grado que un día, llegaron a comprar y preguntaron por el dueño del rancho que
hizo en Los Achotes y cuando los trabajadores le señalaron que era el que
estaba haciendo un pozo, contaba que se sorprendió.
Un
día, recuerdan que compró una hamaca y la puso en el rancho “para cuando
quisiera descansar”. La hamaca –dicen- terminó enmohecida porque no paraba
nunca.
El
señor “de buen diente” que gustaba de comer bien y mucha fruta, tuvo tres
intervenciones solamente: por la vesícula que le retiraron, las cataratas y la
próstata de la cual fue solo a que lo checaran y se internó en esa misma
revisión para que lo operaran y, aunque le ordenaron reposo, al regresar a
casa, a los 8 días de la cirugía fueron a verlo a potrero y lo encontraron
arriba de un caballo y su justificación es que se le había olvidado la
recomendación. “Lo bueno es que no volvió a tener nunca molestias”, recuerdan
para remarcar su consistencia “pues no fue enfermizo, no tuvo presión, no
sufrió de diabetes ni de artritis ni de problemas de colesterol”.
Animaba
a sus hijos a hacerse tiempo para divertirse, a ahorrar y a ser honrados.
Manuel, en representación de ellos dice que fueron “millonarios de crianza,
pues el orgullo más grande fue haber tenido padres buenos.
Dejó
en su familia una cultura de trabajo y, como héroe anónimo el mensaje esperanzador
a quienes de pronto los desanima la actitud de la gente para hacer cosas por el
bienestar común, a fin de que ese ánimo de solidaridad prevalezca por encima de
las críticas.
El
San Jeronimito de antes, en palabras de Don Manuel.
“La vida de esas familias fue de un futuro
pesado”. El trabajo de la esposa era en primer lugar poner el niscome desde la
madrugada para hacerle el bastimento al esposo antes de que se fuera diario a
trabajar. A ellas les tocaba acarrear agua del río, lavar la ropa y a veces ir
por leña. Alisaban el piso y las paredes porque las casas eran de bajareque.
La
gente no andaba con alhajas y los perfumes se hacían de cocer aceite de coco
con flores de limón para ponérselo en el pelo cuando iban a los bailes.
“Cuando
una muchacha se mandaba pedir se le ponía un plazo para resolver el asunto de 3
a 4 meses y la novia debía permanecer sin salirse durante todo el tiempo para
casarse y el novio tampoco iba a la casa de la novia” aunque ya estuviera
pedida.
“Las
muchachas cuando se casaban ya sabían lavar ropa, bordar servilletas, sabían
poner el niscome, guisar, componer una gallina porque eso se los enseñaba su
mamá con anticipación”.
“Los
bailes se hacían en el día”. Antes del nuevo San Jeronimito “la luz que había
era de ocote”. Los músicos de los bailes eran Miguel Meza, violinista; Miguel
Guido Mendoza, guitarrista; Gabriel Girón González; con el tololoche y Julio
Girón González con un violonchelo eran la orquesta. Borrachos no había, sólo
unos cuantos, contados”, se lee en las memorias de este fundador del poblado,
conocido ahora popularmente por las carnes asadas de su mercado municipal.
(Tomado
respetuosamente de las Memorias de Manuel Romero Pérez.)
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