jueves, 3 de noviembre de 2016

El gestor de la planeación urbana de San Jeronomito en Petatlán.

Héroes cotidianos.

El gestor visionario.


Como muchos de los héroes anónimos, Don Manuel Romero Pérez pensaba que las acciones y obras buenas, no tenían porque ser reconocidas públicamente ni agradecidas, pues simplemente se deben hacer pensando en los demás y dejando algo para el bien común a nuestro paso, sin esperar nada cambio, si no para dejar cosas buenas que beneficien a toda la gente y en consecuencia a la propia familia.

Hoy sabemos que practicar los buenos valores es lo que puede potenciarnos como personas y cómo sociedad y que es necesario alentar a quienes con esfuerzo logran llevar una vida ejemplar para que otros sepan que sí se puede vivir con dignidad, responsabilidad, respeto, generosidad, honestidad y solidaridad a pesar de las dificultades. Tal y cómo lo hizo Don Manuel.

Don Manuel cuyo registro de nacido data del 30 de abril de 1918, fue de cuna pobre y gente de campo. Quedó huérfano de padre alrededor de los 8 años y asumió la responsabilidad de la familia por ser el hijo mayor. No fue a la escuela, pero ya como adulto, encabezó en mucho las gestiones para reubicar a su poblado, San Jeronimito cuyo actual trazado ordenado lo distingue del resto de los pueblos de la región, sobre todo si se considera que la primera sección data de 1953.

  
Él se involucró en aquellos años en insistir para lograr el trazado y reubicación de la primera sección, la introducción del servicio de agua entubada, de la electricidad, del terreno que ocupa el panteón y de la escuela. Fácil no fue gestionar, sobre todo por la saña que custodia la humana naturaleza de la duda, pero a pesar de eso, aún hasta el 12 de mayo de 2010 que falleció sostuvo que “siempre hay que pensar en los demás y en el bienestar de todos”.

Aún circula entre los habitantes las hojas que redactó con sus memorias sobre la historia de San Jeronimito y cuya copia distribuyó a Domingo Hernández, amigos y familiares para que cuando los estudiantes fueran a pedir información sobre la fundación del poblado, siempre hubiera forma de atenderlos en caso de que él no estuviera en su casa y es que hasta hoy es un referente de este pueblo perteneciente al municipio de Petatlán.

Su hijo Manuel, su nuera Ada y todos los que lo conocieron personalmente atajan con amabilidad, y sobre todo un profundo respeto, que a Don Manuel nunca le gustó el reconocimiento y remiten a la anécdota en la que declinó el homenaje que por sus 50 años le quisieron hacer aun estando vivo pues aseguraba que hacer el bien y buscar el progreso del pueblo no era nada extraordinario sino algo normal y que “uno debe trabajar y ver, no por uno, sino por los demás”, sin esperar jamás el agradecimiento, porque “el cariño más grande que se puede lograr es el respeto”. Y para enfatizar el respeto que levantó su postura porque era hombre sencillo, cuentan que en su momento no aceptó tomar la propuesta para ser presidente municipal de Petatlán y que también renunció a ser primer regidor, negándose inclusive a cobrar porque decía que “para trabajar por el pueblo” no era necesario asumir cargos de “tanta responsabilidad”.

Cuando se les pregunta a los familiares si acceden a sacar un poco del anonimato la historia de Don Manuel para animar a otros a seguir su ejemplo, con cautela y respetuosos de aquella postura de él, sugieren se haga “lo que se considere más conveniente”. Basta releer en esas memorias que el fin de relatar cómo se hicieron las obras de San Jeronimito es para que se sepa que “tanto el forastero como el avecindado a nosotros, tiene los mismos derechos de disfrutar de las mismas cualidades y beneficios, sin distinción alguna” porque todas fueron “hechas de común acuerdo por las personas con buena voluntad de cooperar”. Y ahí va implícita otra enseñanza que nos comparte para la actual época ese Manuel Romero formado por la sabiduría de la experiencia: vivir en un lugar mejor es un derecho que debe beneficiar a todos.

A este valor, había que sumarle la cualidad de tener visión de futuro. Lo que Don Manuel gestionó entre 1950 y 1990, en este siglo XXI forman parte de los objetivos para el desarrollo sostenible de la ONU: Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos y garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible para todos.

Un gestor nato

¿Y cómo hacer gestiones en un 1950 sin internet, sin fax, sin vuelos directos a la ciudad de México, sin autopistas para acortar distancia a la capital del estado y sin haber estudiado? El ingenio, la observación, la necesidad, las ganas de ver crecer el pueblo, la habilidad de tener visión a futuro y las circunstancias fueron los recursos usados por un Manuel Romero Pérez que aprendió en menos de 3 meses a leer y a escribir lo básico cuando rondaba los 18 años, pues para casarlo, el cura le dijo que al menos debía saber “poner su nombre”.

Persistente –otro valor digno de promoverse- “El chulo”, como cariñosa y respetuosamente le decían sus nietos, le pidió a su cuñado que le enseñara letras “a veces sobre la tierra y con una varita”. No tuvo otro maestro. La inteligencia admirable y el don natural de autodidacta lo inspiraron siempre para salirse a leer y buscar por su cuenta el significado de cualquier palabra nueva que escuchaba y con eso alimentó su ingenio para idear la manera de arreglar y resolver todo por anticipado, en su casa y el pueblo.

Sin estudios, el halo de entendimiento natural y el don para ayudar el Manuel Romero “criollito de San Jeronimito”, vivió la devastación del 14 de septiembre de 1952, cuando el río inundó todo y dejó en ruinas el poblado. Encabezados por el sacerdote Gregorio M. Bello, personal del gobierno estatal y de la Secretaría de la Reforma Agraria llegaron a reunirse bajo la sombra de “una sierva bastante grande que estaba en la plaza” cerca de donde vivía un Manuel que ya “estaba dispuesto a tumbar su casa porque no se la iba a tirar ninguna creciente”, y que decidió mudarse hacia la parte más alta y segura, que es donde hoy está el poblado, sin pensar en que al decir eso terminaría encabezando la reubicación hacia un nuevo desarrollo poblacional planificado por un ingeniero.

Se integró entonces una comisión, pero al ver que quién la encabezaba ya no quería salirse, Don Manuel; el comisario municipal, Simón Rodríguez y el comisario ejidal, Simón García fueron por el ingeniero Carlos Lira, comisionado para trazar la reubicación ante la cual había renuencia hasta el día en que personalmente se puso a construirle la casa a su madre, Antonia Pérez, viuda de Romero. Acto que animó al resto a mudarse. Para 1953, cada espacio estaba trazado y destinado a un desarrollo planificado, a pesar de que en el inter hubo reticencias, diferencias y reconciliaciones en las que el respeto que la gente tenía por Don Manuel era el referente para respaldarlo y la base de la confianza para hacerle saber cualquier problema.

Al trazado siguió la gestión para que se introdujera el servicio de agua, como consta en el archivo que dejó para sus nietos en un folder con letras verdes, se hizo por etapas: en la primera organizó a los pobladores para cooperarse para construir la noria y se  complementó con recursos aportados para un tinaco por el entonces gobernador, Gómez Maganda; en la segunda se introdujo la tubería de fierro galvanizado y de cemento que los pobladores acarrearon en carretas e introdujeron “a pico y pala” de acuerdo a lo trazado cooperando con  recursos, herramienta y los más desfavorecidos lo hicieron con más días de trabajo que el resto, debido a la precariedad de la región “porqué él sabía la situación de cada quién y le decía, pues tú tienes tantos hijos, no te fue bien con el ajonjolí, yo creo que tú puedes dar 20 pesos y tú que apenas vendiste vacas y tus hijos ya te ayudan podrías dar 70 pesos y tu mejor ayuda con 3 días.

Críticas hubo, pero animado por Fermina Leyva Chavarría, Elfega Chávez Olace, Francisco Ríos Miranda así como por Telésforo y Rosendo Ríos Gómez, se le ocurrió para la tercera etapa -la más costosa- armar un comité de mujeres que solicitara el apoyo de  la primera dama, Guadalupe Borja de Díaz Ordaz, quien  envió el material. Se construyeron cajas colectoras con llaves de paso que se cerraban cuando se llenaban para ir abasteciendo el agua por zonas. Debido a la pobreza y a que el agua era una necesidad de todos, puso hidrantes en las esquinas de calles así, quién podía daba 2 o 3 pesos, recuerdan algunos habitantes. Vislumbrando el crecimiento poblacional, y animado por algunos, solicitó el diseño y la cotización para programar el crecimiento y abastecer la parte norte, pero en efecto, los costos eran elevados.

Fue el encargado durante 32 años del comité de agua. Manuel, su hijo recuerda que trabajaban casi todo el día en el campo y tendiendo gente que acudía a pagar a cualquier hora y cuando se descomponía la bomba era capaz de vender su ganado para repararla o comprar otra bomba para tenerla de repuesto y no interrumpir el servicio en caso de que se tardaran en arreglarla o no hubiera suficientes recursos en caja pues el objetivo era que todas las familias tuvieran siempre agua recuerda su nuera y su hijo.

“Él quería soltar la junta de agua, pero su idea era que asumiera la administración el gobierno estatal para que se comprometiera con seguir las obras”, recuerda Manuel y dice que ante la desconfianza respecto a los recursos acudieron un buen día auditores del gobierno a revisar los recibos y cómo resultado detectaron que había un saldo a favor y en realidad les debía la junta a ellos. A la fecha guardan como evidencia el cheque viejo del adeudo de la junta de agua, porque se negaron a cobrarlo.

A veces recuerdan que no podían salir de paseo al cine porque había gente que iba a pagar ”ya tarde” y se tenía la orden en casa de Don Manuel de atender a todas horas,  a quien fuera. Cuando entregó la junta “por fin descansamos”, recuerda su hijo quién dice que la satisfacción de su padre era que todos tuvieran agua y no hubiera necesidad de acarrea desde grandes distancias. Iban cuando podía, las señoras pasaban lo mismo cuando venían de misa o iban al mercado.

A esto seguiría la gestión de la electricidad, que era necesaria para bombear agua, pues inicialmente tenían una bomba de disel que él sugirió colocar hacia la orilla, de modo que los cerros pudieran protegerla, restar el golpe de corriente ante una creciente.

Para la electrificación, según consta en su muy ordenado archivo hecho a máquina, los habitantes se cooperaron aportando un 25 % para concretar la obra, otra parte la pondría la comisión y otra el estado. La orden cuando se reunió el recurso fue hacer 10 bajadas por día empezando con la casa de un señor Manuel que cuestionó porqué traían los ingenieros esa deferencia, y pidió que se iniciaran con todos parejos

Luego vino la gestión pro construcción de la escuela de San Jeronimito donde algunos cooperaron recursos y otros días de trabajo para hacer los cimientos y los baños –aunque sea sin drenaje- para los niños, hasta terminar las primeras 6 aulas, las oficinas, el amueblado con bancas y los pizarrones que entonces ocupaban gises.

Después donó el terreno para el panteón ese que le preocupaba ya entrados sus noventa años que se saturara porque el pueblo estaba creciendo y necesitaba otro lugar para que la gente sepultara a sus seres queridos.

Cuando fue presidente de Las salinas –nombrado incluso en su ausencia- consiguió un crédito para comprar el terreno del centro de acopio y en año fue saldado el adeudo entre todos los de la cooperativa lo que les dejó línea de crédito abierta y buena reputación a pesar de que había sido un año de crisis económica.

Despertar el ánimo en otros.

Para 1983, Alonso Ríos de los Santos, Bernardo Ríos Gómez e Inés Ríos Hernández encabezaron la organización de la cooperación de la gente del pueblo para lograr construir la banqueta de la plaza principal y Don Manuel los apoyó.

En 1982, se gestionó ante el ayuntamiento la construcción del mercado y en 1987 se pavimentó la calle principal ya por conducto de otros gestores espontáneos del poblado, solicitando ya para estos años el apoyo del personal del Batallón del Ejército para hacer el trabajo de albañiles que en otros tiempos los pobladores originales hacían por su cuenta organizados por Romero Pérez, lo que remite a haber logrado la meta de despertar en otros el interés de buscar que hubiese desarrollo urbanístico en esa comunidad.

Entre 1984 y 1986 con ayuda de la presidencia municipal se hizo el kiosco, las canchas y el teatro al aire libre así como los andadores del jardín principal que hoy conocemos.

Entre 1997 y 1999 se hizo la remodelación de la plaza, el alumbrado, canchas nuevas y se mejoró la jardinería de este lugar que Don Manuel se asomaba a ver desde su casa pensando aún como mejorarlo a sus 93 años que Dios le permitió vivir.

Honradez y vocación de servicio.

La población tuvo a don Manuel como referente de honradez así que ahí en su casa depositaban las jóvenes casaderas. Era solicitado para acompañar a pedir la mano por la confianza y el respeto.

Cuenta su nuera que, ya grande Don Manuel, no faltaba quien acudiera a pedirle prestado y era capaz de pedir él para resolverles. Todo lo logrado –cuenta su hijo- fue “a punta de trabajo porque siempre fuimos junto con él pobres, pero él era capaz de quitarse la camisa para dársela a otros porque tuvo un don natural para ver por la gente y lo que hizo, fue a puro pulmón, porque antes sí se podía”.

También lo recuerdan como defensor de sus derechos, valiente y “de las personas que no se callaban” pues en alguna ocasión hubo una junta contra la situación del agua convocada por un presidente sin que lo invitaran, pero él por casualidad vio movimiento y se acercó. El funcionario –cuenta su familia- advirtió que si no se retiraba Don Manuel, él se iría y que la respuesta fue que lo sentía porque se iba a ir pues de cualquier forma hablaría para expresar su versión. Ahí -relatan- acabó la reunión.

Visionario

Cuando comenzó a anunciarse que se desarrollaría Ixtapa puso un rancho en Los Achotes porque decía que se iba a necesitar abastecer la demanda de alimentos frescos y “y antes lo que se sembraba se daba”.

Un día su nuera le dijo que iba a dejar de hacer quesos, que ya estaba cansada y por esas fechas las ventas no eran iguales. Recuerda que Don Manuel la disuadió diciéndole que no viera sólo por ella y su cansancio, sino por toda la gente, ya que al dejar de producir dejaría sin sustento a otras 3 familias, la de sus dos ayudantes, al que vendía o revendía, a la de la persona a la que le regalaba el suero. Antes bien –le aconsejó- se debe pensar que cuando uno tiene trabajo tiene la posibilidad de ayudar a otros.

Atenta a sus cuidados hasta el último día, comparte que aunque ya no podía caminar, regresaba a ver la plaza principal del pueblo y le decía que, debajo del tinaco deberían hacerse unos baños para los que acudían cuando se hacían eventos o llegaban los juegos mecánicos y que se podía poner una persona encargada de asear y cobrar, de modo que se generaran ingresos para otra familia y se beneficiara también el pueblo.

La instaba a que buscara gente para conseguir un terreno para el panteón porque ya no iba a ser suficiente “y decía que si él tuviera otro terreno lo donaría porque él era de ese corazón. Yo le decía que no se preocupar que él ya había dado y hecho, que la gente no agradece. Él contestaba que nunca se hacían las cosas para eso, sino pensando lo que en el futuro va a ser mejor para la gente y para su familia”.

Aunque visionario, atajan que no fue político, porque nunca anduvo dedicando tiempo a campañas “porque siempre andaba trabajando”, pero que cuando alguno le pedía el voto “empeñaba su palabra y si otro iba, les decía que y le habían pedido su apoyo”. Lo mismo hablaba para pedir que no le faltara el respeto a las muchachas o a los mayores que para sugerirle a un ingeniero foráneo hacer las obras de una forma distinta por la experiencia acumulada de conocer el lugar.

El gestor como ser humano, como padre y abuelo.

En su rol de gestor hubo gente que no lo apoyaba, pero los saludaba y les hablaba igual, por eso era más la gente que lo seguía y apoyaba. “¿Qué se me quita con hablarle”, decía tanto él como su esposa, quienes juntos se hicieron responsables de educar a sus hijos, 2 mujeres y 2 varones.

En plan de padre, lo recuerdan como un ser cariñoso, pero estricto. Le dio estudios como contador a uno de ellos y, al otro que prefirió casarse le buscó trabajo de peón con uno de sus compadres a quién le pidió que lo apretara porque tenía que mantener el hogar que había decidido formar.

Para ellos, manifiestan que fue un honor tener buenos padres, respetados por la gente. Dicen que les enseñó a convivir tranquilos de modo que no se requirió testamento para dividir la casa cuyo patio comparten y alrededor del cual están las casas de todos.
De platica amena, recuerdan que quiso mucho a los 8 nietos y les preguntaba a sus 4 hijos que vivían qué si le daban permiso de corregirlos cuando hacían travesuras, para “enderezarlos y se fueran derechitos”.

Falleció platicando en brazos de su nuera, mientras tomaba gattorade. Ya no caminaba por la edad, y por la falta de movimiento lo nebulizaban, pero fuera de eso no tuvo mayores enfermedades.

Enseñó a ser trabajadores. Aun cuando niños los levantaba a las 6 de la mañana para que estuvieran listos “para cualquier mandado” y no levantarlos ya cuando urgía. Él se paraba desde las 4 de la mañana a las cuestiones del campo y para ver su ganado, pues otro detalle es que en algún tiempo fue presidente de la ganadera.

Mientras la gente del poblado lo recuerda como un señor que siempre saludaba y tenía una plática amena, sus hijos lo recuerdan más como el hombre trabajador que al llegar al campo se cambiaba y se ponía a trabajar “como cualquier peón” al grado que un día, llegaron a comprar y preguntaron por el dueño del rancho que hizo en Los Achotes y cuando los trabajadores le señalaron que era el que estaba haciendo un pozo, contaba que se sorprendió.

Un día, recuerdan que compró una hamaca y la puso en el rancho “para cuando quisiera descansar”. La hamaca –dicen- terminó enmohecida porque no paraba nunca.

El señor “de buen diente” que gustaba de comer bien y mucha fruta, tuvo tres intervenciones solamente: por la vesícula que le retiraron, las cataratas y la próstata de la cual fue solo a que lo checaran y se internó en esa misma revisión para que lo operaran y, aunque le ordenaron reposo, al regresar a casa, a los 8 días de la cirugía fueron a verlo a potrero y lo encontraron arriba de un caballo y su justificación es que se le había olvidado la recomendación. “Lo bueno es que no volvió a tener nunca molestias”, recuerdan para remarcar su consistencia “pues no fue enfermizo, no tuvo presión, no sufrió de diabetes ni de artritis ni de problemas de colesterol”.

Animaba a sus hijos a hacerse tiempo para divertirse, a ahorrar y a ser honrados. Manuel, en representación de ellos dice que fueron “millonarios de crianza, pues el orgullo más grande fue haber tenido padres buenos.

Dejó en su familia una cultura de trabajo y, como héroe anónimo el mensaje esperanzador a quienes de pronto los desanima la actitud de la gente para hacer cosas por el bienestar común, a fin de que ese ánimo de solidaridad prevalezca por encima de las críticas.




El San Jeronimito de antes, en palabras de Don Manuel.

 “La vida de esas familias fue de un futuro pesado”. El trabajo de la esposa era en primer lugar poner el niscome desde la madrugada para hacerle el bastimento al esposo antes de que se fuera diario a trabajar. A ellas les tocaba acarrear agua del río, lavar la ropa y a veces ir por leña. Alisaban el piso y las paredes porque las casas eran de bajareque.
La gente no andaba con alhajas y los perfumes se hacían de cocer aceite de coco con flores de limón para ponérselo en el pelo cuando iban a los bailes.

“Cuando una muchacha se mandaba pedir se le ponía un plazo para resolver el asunto de 3 a 4 meses y la novia debía permanecer sin salirse durante todo el tiempo para casarse y el novio tampoco iba a la casa de la novia” aunque ya estuviera pedida.
“Las muchachas cuando se casaban ya sabían lavar ropa, bordar servilletas, sabían poner el niscome, guisar, componer una gallina porque eso se los enseñaba su mamá con anticipación”.

“Los bailes se hacían en el día”. Antes del nuevo San Jeronimito “la luz que había era de ocote”. Los músicos de los bailes eran Miguel Meza, violinista; Miguel Guido Mendoza, guitarrista; Gabriel Girón González; con el tololoche y Julio Girón González con un violonchelo eran la orquesta. Borrachos no había, sólo unos cuantos, contados”, se lee en las memorias de este fundador del poblado, conocido ahora popularmente por las carnes asadas de su mercado municipal.


(Tomado respetuosamente de las Memorias de Manuel Romero Pérez.)

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