Estelita es la madre de un luchador
social que apoyó a cientos de personas de Guerrero en la búsqueda de sus
familiares desaparecidos. Cómo muchos otros ciudadanos de la región, ella es
una mujer buena y un héroe anónimo porque cada mañana se levanta a continuar la
vida y atender a su familia para canalizar el dolor de haber perdido a su hijo,
Miguel Ángel Jiménez Blanco, el activista social que motivó y alentó la formación del Comité de Víctimas de Desaparición
Forzada “Los otros desaparecidos”.
Miguel Ángel Jiménez se
unió al comité de búsqueda de los 43 estudiantes de Iguala desaparecidos el 26
de septiembre de 2014, y debido a su habilidad nata para el liderazgo, varias personas
se le acercaron para decirle que también tenían familiares desaparecidos y los
motivó a insistir para hallar a sus seres queridos y canalizar su miedo, su
dolor y su incertidumbre. Con empatía los orientaba para luchar por
encontrarlos sin buscar culpables, tal como ellos mismos recordaron en el
homenaje que le hicieron en el primer aniversario luctuoso el pasado 9 de
agosto.
A la familia de Miguel
Ángel no le gustaban sus ausencias, pero toleraban sus ideales que coinciden
con el mensaje de las
Naciones Unidas, en el marco del Día
Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, en el sentido
de que los amigos y familiares que buscan angustiados cualquier indicio para
hallar a quienes han sido desaparecidos merecen la total solidaridad para
“hacer efectivo su derecho a la verdad y la justicia” así como a saber la
suerte o el paradero de sus seres queridos.
La desaparición forzada
es un problema social internacional y el estado de Guerrero tiene en su
historia huellas marcadas de esta expresión de violencia e inseguridad del que
no sólo son víctimas los detenidos desaparecidos, sino también sus familiares y
amigos, así como todas las personas allegadas a los desaparecidos o aquellas
que participan en su búsqueda y que, derivado de eso, sufren algún tipo de
maltrato, intimidación, amenazas o represalias tal como ayer señalaba la Organización de las
Naciones Unidas en sus comunicados oficiales.
Miguel fue el segundo
hijo de una familia de 8 hijos radicada en Xaltianguis, y compartió la visión
de solidaridad integrándose hace ya casi 2 años a los grupos de búsqueda en
Iguala y Cocula sin tener personalmente ningún familiar desaparecido.
Creía en
ese derecho a la verdad y a hallar los cuerpos, aún antes de ser amenazado por
su activismo y lo creyó hasta aquel triste 9 de agosto de 2015 en que le
quitaron violenta y anónimamente la vida. Por eso su familia, que permanece
unida y se sobrepone a la pérdida, son miembros del ejército de héroes
cotidianos que hay en esta región de la Costa Grande porque pese a los
sentimientos de dolor e indignación, trabajan honestamente y son personas de bien.
A Miguel, los Jiménez
Blanco lo recuerdan como el hermano vivaz y simpático desde pequeño. Dado a defender los derechos
de todos, de abogar o interceder por cualquier compañerito de la escuela o por
sus mismos hermanos. Era “hocicón desde chiquito porque no se callaba para
decir lo que pensaba”, recuerda su hermana Minerva, quien radica de forma
pacífica aquí en la Costa Grande desde hace años trabajando en la orientación
de grupos de jóvenes.
En el proceso de superación de su
pérdida, ahora han empezado a recordarlo más como el hermano con un enorme
talento para dirigir y organizar constantemente a los ocho hermanos ya fuera
dándoles comisiones para limpiar toda la casa y zafarse él de esos quehaceres o
lo mismo para montar todos juntos funciones de cine en su comunidad natal,
Xaltianguis, así como presentar públicamente divertidos shows en los que
imitaban a artistas de moda allá por los 80´s y hacer bailes.
En cada nivel escolar que cursó Miguel,
fue siempre de la escolta y como era dado a liderar y persuadir, hacia actividades
sociales “era capaz de organizar a todo el pueblo y hacer que prestaran la
secundaria para hacer funciones de cine y revivir al pueblo haciendo bailes en
el centro social al que iban cada fin de semana los jóvenes del lugar vestidos
como artistas”, cuenta su hermana quien recuerda que muchas veces les decía que
lo que él quería era ver a la comunidad más civilizada y que la gente del
pueblo “tuviera en qué ocuparse, porque la gente que no tiene actividad tiende
a hacer tarugadas y la gente ocupada, es ociosa y hace cosas malas”.
A sus
veintitantos organizaba torneos deportivos y hasta fue impulsor en su pueblo
natal de las campañas del INEA “al grado de que les llenó el cupo, no se daban
abasto y tuvieron que conseguir más gente para alfabetizar”, se acuerda su
hermana entre risas.
Miguel trabajó por 4 años en Estados
Unidos en donde se casó con una argentina con nacionalidad americana. Al
regresar se involucró a favor de la reforestación del Cerro Pelón de
Xaltianguis porque el río se estaba perdiendo y era uno de los pocos lugares de
diversión en la comunidad por los 90’s.
Un buen día, sin ni tener voz ni voto,
fue a la comisaría de Xaltianguis a hacer su propuesta de que la gente se
autoempleara y mantuviera limpio el pueblo reciclando, así que la casa de los
Jiménez se convirtió en el lugar donde los pobladores concentraban toneladas de
fierro y PET y cuando alguno de los miembros de esta unida familia le decía que
todo eso se veía feo, recuerdan entre risas a un Miguel que respondía que era
más importante tener la comunidad limpia. Y entonces todos le daban por su lado
y toleraban sus ideas emprendedoras al grado de que durante la última campaña
presidencial fue promotor del voto y la casa paterna fue casi convertida en
casa de campaña.
Cuando la oleada de violencia en
Acapulco –municipio al que pertenece Xaltianguis- empezó a afectar hasta las
comunidades pequeñas, le surgió la idea de organizar a los pobladores para
protegerse “porque él decía que no le gustaban los abusos, las extorsiones y
los secuestros”.
Se hizo promotor de la Unión de
Pueblos y Organizaciones del Estado de Guerrero (Upoeg) aun cuando su
familia no estuvo muy de acuerdo porque les preocupaba el hecho de que en la
casa paterna siempre había muchos niños pequeños visitando a sus abuelos y
primos.
Durante el último año la dirigencia de
la UPOEG se dividió y Miguel pidió ser enviado como asesor. Cuando estaba en
esa comisión, ocurrió la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y lo
incorporaron al comité de apoyo para la búsqueda de los jóvenes en Iguala, pues
17 de ellos eran de las comunidades donde tiene presencia esa organización. Fue
entonces cuando Miguel escaló y escarbó cerros con sus manos y coordinó a un
grupo de gente para localizar terrenos blandos y así fue que hallaron la
primera fosa. Entonces varias personas más se fueron acercando a decirles que
también tenían tiempo buscando a familiares desparecidos hacía tiempo en la
región.
Junto a ellos formó la asociación de búsqueda de desaparecidos y medios
internacionales como Telemundo, CNN y la BBC dieron cobertura a lo que hacía el
activista para canalizar el desconsuelo de quienes buscaban algún ser querido
desparecido desde hacía años.
El recuerdo que dejó Miguel Ángel en su
familia fue el de una persona luchona, con carácter, noble y al que “precisamente
porque las cosas sí le valían, era que se ponía de defender los derechos de los
demás”, pero piensan que a veces sonaba muy ingenuo porque les decía que sí
había gente buena y sí se podía lograr el cambio social.
Ahora prefieren
recordarlo como el hermano o el hijo empalagoso, travieso y de cariños pesados
que cargaba a Estelita o a la abuela y les daba de vueltas, les picaba las
costillas o les tapaba los ojos.
Miguel Ángel Jiménez, fue el activista
que lideró a familiares de Víctimas de Desapariciones en el Estado en la
búsqueda de pistas para hallar a sus seres queridos. (Foto: Fam. Jiménez)